REVOLUCIONARIOS EN ARGENTINA

  

EDITORIAL CANDAYA ofrece en este sitio una breve guía orientativa sobre los escenarios y algunos personajes, que no pertenecen a la ficción, presentes en la novela Las salvajes muchachas del Partido, de Lázaro Covadlo.

Antecedentes históricos

La nación que hoy se conoce como República Argentina, así como la mayor parte de los estados del continente americano, constituyeron desprendimientos de potencias coloniales: Inglaterra, España, Portugal, y en menor grado Francia y Holanda. Las nuevas naciones no se gestaron como una rebelión de los nativos que habitaban en la región antes de la conquista y la colonización europea, sino por la acción subversiva de los descendientes de los primeros colonizadores. Éstos fueron los que se hicieron dueños de las tierras e instituyeron los primeros gobiernos con la finalidad de servir a sus intereses particulares.

Los ecos renovadores y libertarios de la Revolución Francesa, al llegar al suelo de la futura Nación Argentina, sirvieron de plataforma ideológica para constituir una administración republicana basada en difusos ideales de libertad e igualdad. Sin embargo, tales buenas intenciones no alcanzaron a beneficiar a los primeros nativos (los indios). Por el contrario, las milicias al servicio de los caudillos locales fueron arrinconándolos y despojándolos de sus tierras, al igual que lo hicieron los ejércitos de Estados Unidos, Chile, y tantos otros países de América. No es exagerado hablar de exterminios masivos y verdaderos genocidios.

Hasta mediados del siglo XIX la sociedad argentina fue predominantemente rural y agropecuaria. Durante décadas el poder estuvo en manos de ricos terratenientes conservadores que con frecuencia combatían entre ellos o contra los indios. El más poderoso fue el estanciero y militar Juan Manuel de Rosas, que instauró un régimen de asesinatos y  terror.

Juan Manuel de Rosas

Juan Manuel de Rosas

La Revolución Industrial, que había transformado las formas de producción en Europa y los Estados Unidos, aún no había llegado a las orillas del Río de la Plata, de modo que no podía haber una verdadera clase obrera, sólo unos pocos artesanos. Los auténticamente oprimidos y constantemente perseguidos eran los indios y los gauchos. Así las cosas, los ecos de la oleada revolucionaria que durante 1948 —muy poco después de que Karl Marx y Friedrich Engels publicaran el Manifiesto del Partido Comunista— cubrió buena parte de Europa, no conmovieron las rígidas estructuras feudales que regían en Sudamérica. De hecho, la mayoría de la población del Río de la Plata ni siquiera estuvo al tanto de los sucesos protagonizados por el proletariado y la pequeña burguesía en Francia, Austria, Alemania, Bélgica, Suiza e Italia.

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Karl Marx

Veintitrés años más tarde, las noticias referidas a los acontecimientos revolucionarios que instauraron la breve Comuna de París, de orientación predominantemente anarquista, sí que tuvieron resonancia en la República Argentina. Claro que en el ínterin hubo grandes cambios. En 1852, el derrocamiento de Juan Manuel de Rosas, tras la batalla de Caseros, abrió una nueva etapa en la que se sucedieron los gobiernos de carácter liberal, los cuales no dejaron de perseguir a gauchos e indios (una idea muy colorida sobre la persecución al gaucho nos la brinda el Martín Fierro, obra cumbre de la literatura argentina en el siglo XIX).

Tras la caída de Rosas dio comienzo, al principio lentamente y al cabo de pocos años con gran intensidad, el aluvión inmigratorio que habría de cambiar la fisonomía demográfica del país. En 1854 se contaban 22.800 británicos; 25.000 franceses; 15.000 italianos, austriacos y alemanes, y 20.000 españoles recién llegados. En las siguientes décadas se incrementa el éxodo de europeos que abandonan el viejo continente para escapar de las hambrunas (coincidiendo con la plaga de la patata, que tanto contribuyó a impulsar la emigración de irlandeses, en especial a Estados Unidos) y de las persecuciones raciales y religiosas: hacia 1869 los judíos empiezan a desarrollar su comunidad en Argentina; de ese año data la primera sinagoga. En 1877 desembarcan en el puerto de Buenos Aires las primeras familias de alemanes del Volga; habían tenido que abandonar sus campos en el imperio del zar por causa de la prohibición de practicar sus credos protestantes y católico.

En ese mismo año de 1877, el doctor Nicolás Avellaneda, presidente de la República, firma el decreto que lleva su nombre, que fomenta la inmigración y consiguiente radicación de extranjeros agricultores a los que se les concede tierras de labranza. En Europa las transformaciones de la pujante nueva economía capitalista, impulsada por un gran desarrollo industrial debido fundamentalmente a la máquina de vapor, concentra en las fábricas un número creciente de obreros a los que hay que alimentar del modo más barato posible. Así es como Gran Bretaña abre sus fronteras al cereal extranjero. Otros países de Europa siguen el ejemplo, iniciando una demanda que los proveedores tradicionales no alcanzan a satisfacer, pero al otro lado del océano había tierras fértiles y despobladas: el medio oeste norteamericano, Canadá y Argentina fueron las elegidas (y al poco tiempo también Australia y Nueva Zelanda). El hierro, aplicado a la construcción de grandes navíos, y el vapor, que movería las hélices, permitiría el traslado de vastos contingentes humanos (más de 70 millones abandonaron Europa, China, Japón, y los países dominados por el Imperio Otomano —especialmente Siria y Líbano— para instalarse en los nuevos países, en los que muchos recién llegados esperaban volverse prósperos, en tanto que otros soñaban con hacer fortuna para regresar ricos a sus países de origen. Los buques con casco de hierro, e impulsados por máquinas de vapor, también facilitarían el acarreo de gran cantidad de materias primas exportables: desde la pampa argentina salían los cueros de reses y, sobre todo, la tan demandada lana de oveja para los telares británicos.

Fue precisamente gracias el capital inglés que se tendieron los miles de kilómetros de vías férreas a lo largo de toda Argentina, las que irían a parar al puerto de Buenos Aires, destinado a convertirse en poco tiempo en el principal motor económico de la monstruosa y fascinante gran ciudad. Desde el puerto salían las materias primas exportables, pero el puerto era también la gran boca por la que entraban los contingentes de inmigrantes y los productos manufacturados en las metrópolis europeas, destinados al consumo interno.

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Inmigrantes llegando al puerto de Buenos Aires. Principios siglo XX

La efervescencia social

 

Además de sus escasos y modestos enseres, muchos recién llegados al país traían consigo las inquietudes e ideales revolucionarios que germinaban en sus lugares de origen. Además de agricultores llegaban artesanos y obreros fabriles, gente familiarizada con el gremialismo y también las manifestaciones y las huelgas. Por otro lado, si bien una parte de la intelectualidad criolla estaba al tanto de los movimientos de ideas europeos y conocía las doctrinas del que luego fuera conocido como “socialismo utópico”, no se preocupaba en difundirlas. Uno de los primeros hitos, en ese sentido, se debe al español Bartolomé Victory y Suárez, nacido en Menorca (1833-1897), masón y militante activo del sindicato de tipógrafos, que en 1863 editó El Artesano, primer periódico dedicado a la clase trabajadora.

No obstante, las ideas de cambio social en el Río de la Plata tienen precedentes que arrancan de años anteriores. Al respecto hay que mencionar las ideas de Giuseppe Mazzini, importadas, aún en tiempos de Rosas, por el socialista utópico Jean Baptiste Tandonnet, que fuera discípulo de Fourier. Otra gran influencia fue la de Giuseppe Garibaldi, que residió en América del Sur de 1836 a 1848 y tuvo contactos con el santsimonismo. Hacia 1838 aparecen en Argentina las primeras referencias a Saint-Simón y comienza a utilizarse la palabra “socialismo”. Sin embargo, hay que destacar que sólo a partir de Bartolomé Victory, que entre otras cosas defendió la igualdad entre hombres y mujeres y la distribución de tierras, puede hablarse de una verdadera tarea de difusión de los nacientes ideales socialistas. En otro aspecto, es lícito considerar que la primera asociación obrera de Argentina la constituyó la Sociedad Tipográfica Bonaerense, fundada en 1857; entre sus promotores hubo socialistas franceses fugitivos de Francia tras el golpe de estado de Luis Napoleón. Hay que destacar que los tipógrafos estaban en la vanguardia del movimiento obrero y fueron los promotores de las primeras huelgas en el país, entre éstas la que en 1874 afectó la salida de los diarios.

En 1875 se producen los primeros hechos violentos protagonizados por elementos anticlericales cuando el obispo de Buenos Aires entrega a los jesuitas la iglesia de San Ignacio y el gobierno acepta la cesión; el 28 de febrero, durante una manifestación organizada por liberales y masones, anarquistas partidarios de la acción directa prenden fuego a la iglesia y a la escuela de El Salvador, en pleno centro de la ciudad. La prensa acusa a los socialistas franceses y difunde que los tumultos se inspiraron en “la terrible Comuna de París”, la Internacional y las asociaciones secretas italianas. La prensa y las instancias oficiales hablan de “conspiración comunista”.

Cuando la prensa y las instancias oficiales hablaban de comunismo se referían al comunismo libertario de los anarquistas, pues por entonces aún no había nacido la Tercera Internacional y Lenin apenas tenía cinco años de edad. Es el anarco-comunismo de Bakunin, Proudhon y Kropotkin. Y también el de Errico Malatesta, que residió en Buenos Aires entre 1885 y 1889. Pero ya en 1879 se produjeron en Buenos Aires las primeras fricciones entre los bakuninistas y los marxistas de la Primera Internacional, dado que los movimientos revolucionarios en el país no sólo eran anarquistas, los socialistas llegados desde Europa también se movían muy activamente. Sobre todo los socialistas integrados en algunas organizaciones obreras de inmigrantes, como el club Vorwarts, que nació en 1886, bajo la dirección de A. Uhle; el grupo francés Les Egaux, y el de los italianos, llamado Fascio dei laboratorio. Estos grupos publicaron periódicos escritos en sus idiomas vernáculos: el de los alemanes tomó el nombre de la organización; el de los franceses se llamó L’Avenir Social y el de los italianos La Rivendicazione.

Con respecto al club Vorwarts, hay que señalar que la iniciativa de crearlo había sido de Carlos Mucke, que había arribado a la Argentina porque en Alemania los socialistas eran perseguidos por el régimen del canciller Bismark. Los trabajadores alemanes que lo integraban se reunían en la cervecería Bieckert, que en la época se encontraba en la actual avenida Leandro N. Alem.

Ciertamente, el grupo Vorwarts está entre las primeras organizaciones políticas de izquierda nacidas en Argentina durante las últimas décadas del siglo XIX y adheridas a los principios de la Social Democracia alemana. En 1892 surge el Partido Obrero, que dos años más tarde pasaría a denominarse Partido Socialista Obrero Internacional, y finalmente, Partido Socialista Obrero Argentino, presidido por Juan B. Justo. El escritor y médico psiquiatra José Ingenieros fue el secretario general. Fue el grupo alemán el que auspició un periódico socialista en castellano: El Obrero, que apareció como órgano de la Federación Obrera tras celebrarse, por primera vez en la Argentina, el 1º de Mayo, en 1890. En pocos años, núcleos socialistas locales publicarían sus órganos de prensa El Socialista (1893) y La Vanguardia (1894). En la última década del siglo XIX las publicaciones anarquistas, socialistas y de otras tendencias afines,  eran más de un centenar y se editaban casi todas en castellano, abarcando distintas zonas del país.

Y en cuanto a los anarquistas, con la llegada de Malatesta a Buenos Aires, los grupos dispersos se nuclearon a su alrededor y crecieron con rapidez. El 18 de mayo de 1890 nacía El Perseguido, principal publicación del anarquismo individualista durante muchos años. El título reflejaba las persecuciones policiales que sufrían los elementos libertarios.

Posteriormente, los ácratas individualistas serían superados por los partidarios de Bakunin, llamados “anarquistas organizadores o colectivistas”. Su órgano de prensa sería el legendario periódico La Protesta Humana, aparecido en 1897, con la colaboración de escritores talentosos como Florencio Sánchez y José de Maturana, además de militantes fogueados, como Diego Abad de Santillán. La Protesta Humana, poco después La Protesta, editó a partir de 1908 un suplemento especial con material literario y político-ideológico de alto nivel intelectual.

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Mijail Bakunin

En América latina, donde mayor influencia e irradiación adquirió el anarquismo fue en Argentina. Es allí donde existió la única organización obrera que se calificó a sí misma de anarquista, la FORA. cuyo órgano oficial fue La Protesta.

Así, en términos generales, puede decirse que el movimiento obrero y la izquierda en Argentina, durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX estuvieron representados casi exclusivamente por el Anarquismo y el Partido Socialista, de ideología marxista. En 1921, como resultado de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, la facción leninista del Partido, encabezada por José F. Penelón, se escindió para fundar el Partido Socialista Internacionalista, más tarde Partido Comunista Argentino.

 

Efervescencia revolucionaria y episodios sangrientos

 

En la primera mitad del siglo XX, y en el contexto del desarrollo capitalista en Argentina, destacan las luchas reivindicativas del movimiento obrero y las manifestaciones de resistencia por parte de los grupos de izquierda, con la consiguiente represión policial (y también militar). En esta novela se recrean tres episodios especialmente sangrientos, al igual que sus secuelas. Tienen lugar en los años 1909, 1919 y 1921.

 

1909 – El Primero de Mayo

 

Para conmemorar a los mártires de Chicago del año 1886 la central sindicalista revolucionaria Unión General de Trabajadores (UGT), de tendencia socialista, y la FORA, anarquista, convocan por separado, el Primero de Mayo de 1909, a una concentración en la Plaza Lorea, situada en un barrio céntrico de Buenos Aires. Antes de que finalice el acto, y respondiendo a las órdenes del coronel Ramón Lorenzo Falcón, tropas policiales de infantería y caballería se arrojan sobre los manifestantes dejando un saldo de tres muertos —pronto serán ocho— y más de cuarenta heridos. Al día siguiente el coronel Falcón ordena clausurar los locales de reunión de anarquistas y detiene a dieciséis dirigentes obreros. En la misma semana (conocida como “semana roja” por la dureza de la represión”) las comunicaciones de las fuerzas de seguridad sostienen la patraña referida a la existencia de un complot ruso-judaico, responsable de la instigación y organización del conflicto. El movimiento obrero responde decretando la huelga general, en la que participan anarquistas y socialistas, y exige la renuncia de Falcón. La columna de manifestantes que el 4 de mayo acompaña a los muertos cuenta con la participación de más de 80.000 personas. El 14 de noviembre de ese mismo año, el anarquista ucraniano de origen judío Simón Radowitzky arroja un artefacto explosivo dentro del carruaje que conducía a Falcón, unánimemente considerado responsable de la masacre. La explosión lo hiere de muerte, así como a su secretario privado. Posteriormente Radowitzky es apresado y condenado a cadena perpetua en el penal de Ushuaia. Todos estos hechos, así como la trayectoria revolucionaria de Radowitzky, se encuentran reflejados en Las salvajes muchachas del Partido.

180px-Sim%C3%B3n_Radowitzky_libre[1]Simon Radowitzky al salir de la cárcel después de 21 años de heroico martirio (1930)

 

1919 – La semana trágica

No sólo hubo una semana trágica en Barcelona, también la hubo en Buenos Aires. Se conoce como tal a la sucesión de disturbios que tuvieron lugar en la capital de Argentina en enero de 1919 y que se reflejan en algunas páginas de Las salvajes muchachas del Partido. Durante esos años resonaban fuertes los ecos de la reciente Revolución de Octubre de 1917, en Rusia, así como la larga Revolución Mexicana, iniciada en 1910 y finalizada diez años más tarde. Las tendencias marxistas y anarquistas habían llegado al país de la mano de la ingente inmigración europea al tiempo que se desarrollaba un embrionario proceso de industrialización paralelo al modelo agro exportador imperante, lo cual dio lugar a la formación de un proletariado urbano.

El hecho que dio inicio de los tumultos fue la huelga en los Talleres Metalúrgicos Vasena, comenzada el 7 de enero de ese año. Entre otras reivindicaciones, los huelguistas reclamaban la reducción de la jornada laboral de 11 a 8 horas, mejores condiciones de salubridad, la vigencia del descanso dominical, el aumento de salarios y la reposición de los delegados despedidos. La empresa intentó continuar funcionando con obreros rompehelgas y esquiroles provistos por una asociación patronal. Un disturbio entre los obreros en huelga terminó con la intervención de la policía que disparó a saco y con armas largas contra la montón. Los consiguientes disturbios se extendieron por la zonas cercanas, con roturas de vidrio y levantamiento de adoquines en las calles cercanas a la fábrica. El saldo fue de cuatro obreros muertos y más de treinta heridos, algunos de los cuales fallecieron después.

En  repudio a este hecho, las asociaciones obreras, los socialistas, los comunistas, los anarquistas de diversas tendencias y los sindicalistas revolucionarios propiciaron una huelga general que comenzó dos días mas tarde. El 9 de enero numerosos obreros se concentraron para asistir al entierro de los asesinados dos días antes. A media tarde llegaron al cementerio de La Chacarita, y mientras uno de los delegados brindaba un discurso de despedida a los huelguistas inmolados un grupo de policías abrió fuego sobre la concurrencia. El diario conservador La Prensa dio cuenta de 8 muertos, en tanto que el órgano socialista La Vanguardia elevó la suma a más de 50. Este episodio desató una furibunda lucha contra las fuerzas policiales.

De entre las clases altas —que engendraron el protofascismo que rigió en Argentina desde principios del siglo XX y tuvo su auge en 1930 con el golpe de estado del general Uriburu— surgieron grupos parapoliciales, como la llamada Liga Patriótica Argentina. Estas bandas no hesitaron a la hora de perseguir y matar dirigentes obreros, anarquistas, y trabajadores recientemente inmigrados. También arremetieron contra las minorías, especialmente contra los judíos, y en menor medida contra polacos y alemanes. El nivel de antisemitismo demostrado fue muy notable, ya que atacaron los barrios más poblados por esta minoría nacional para cometer grandes desmanes, como los que se reflejan en la novela.

 

1921 – La Patagonia rebelde

 

Los sucesos relacionados con la matanza de obreros en Río Gallegos (Santa Cruz), en el marco de lo que más tarde se conoció como La Patagonia Trágica o La Patagonia Rebelde, no aparecen en la novela, pero merecen ser mencionados por su gran significancia en el conjunto de episodios sangrientos desatados a partir del año 1909.

En 1920 la FORA había organizado en la capital de Santa Cruz, la Sociedad Obrera de Río Gallegos, que estaba dirigida por el veterano anarquista español Antonio Soto. El territorio era, y continúa siendo, el más importante centro de producción de lana destinada sobre todo a la exportación. Por entonces predominaban los grandes latifundios y empresas destinada a la congelación de productos cárnicos, la mayor parte propiedad de ingleses.

Transcurrido más de un año de la masacre de la Semana Trágica, en octubre de 1920, la policía de Santa Cruz detiene a los sindicalistas de la Sociedad Obrera —la mayoría inmigrantes— y pretende echarlos de país mediante la Ley de Residencia del año 1902, que fuera impulsada por el legislador derechista Miguel Cané para facilitar la expulsión de los inmigrantes que militaban en las organizaciones de izquierda. Para impedir la expulsión la Sociedad Obrera declara la huelga en todo el territorio y reclama la libertad de los dirigentes sindicales. Una vez conseguido estos propósitos el conflicto continúa aunque ya son otros los objetivos: las mejoras salariales y de condiciones de trabajo para los peones de campo. Las negociaciones fracasan por graves desavenencias entre anarquistas, sindicalistas, socialistas y comunistas, en tanto que el gobierno de Hipólito Irigoyen envía el ejército al mando del teniente coronel H. Benigno Varela, quien descabeza la huelga. El conflicto tiene un principio de solución a través de un laudo del gobernador, que es aceptado por las partes, pero la tragedia se desata cuando los terratenientes deciden desconocerlo argumentado la baja del precio de la lana. Es entonces cuando entra en acción la parapolicial Liga Patriótica Argentina y se allanan y clausuran los locales de la Federación Obrera al tiempo que se detiene a los dirigentes, por lo cual vuelve a decretarse la huelga general en Santa Cruz.

El 10 de noviembre Varela regresa a Río Gallegos e impone la pena de muerte mediante fusilamientos contra los peones y obreros en huelga. El ejército, con acciones que anticipan la trayectoria criminal de las Fuerzas Armadas Argentinas, sobre todo en el período conocido como el “Proceso de Reorganización Nacional” (1976 – 1983), persigue a los huelguistas y fusila sumariamente a todos los que logra atrapar. Total, unos 1500 obreros y dirigentes sindicales asesinados.

 

WILCKENS[1]

Kurt Gustav Wilckens

El 27 de enero de 1923, el anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens ajusticia a Varela a la puerta del domicilio de éste. Meses más tarde Wilckens es asesinado en su celda de la prisión de Caseros, en Buenos Aires. El ejecutor es el guardia cárceles Pérez Millán Temperley, que disparó sobre Wilckens a sangre fría cuando éste se hallaba durmiendo. Pérez Millán, miembro de la Liga Patriótica Argentina, había sido sargento de la policía de Santa Cruz. Dos años más tarde el asesino es eliminado en el Hospicio de las Mercedes por el interno Esteban Lucich, que ejecutó su acción justiciera siguiendo las directivas del anarquista ruso Boris Wladimirovich.

 

Fuentes y referencias bibliográficas

 

  • Anarquismo argentino (1976 – 1902) – Gonzalo Zaragoza, Ediciones de la Torre, 1996
  • Los anarquistas – Hugo del Campo, Centro Editor de América Latina, 1971
  • Los orígenes del movimiento obrero argentino – Hugo del Campo, en el volumen 2 de Historia del movimiento obrero, páginas 289 a 320, Centro Editor de América Latina, 1984
  • Los anarquistas expropiadores y otros ensayos – Osvaldo Bayer, Editorial Galerna, 1975

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